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Ignacio Martín Mora Monge 

Muchas veces en la experiencia pastoral en las parroquias o en conversaciones con algunas personas que querían saber acerca del seminario brotaba la pregunta: ¿Qué es un seminarista? A manera de chiste, como para romper el hielo, yo respondía: pues es alguien que vive en un seminario. Este 2020 hizo que esa respuesta dejara de ser obvia y, más bien, pasó a ser incorrecta. La situación sanitaria que hemos vivido nos obligó a replantear la figura de seminario y, aunque en cierta manera ya sabíamos que este era mucho más que el lugar donde vivíamos, nos llevó a concretizar la experiencia de formación sacerdotal lejos del edificio que llamamos de esa manera. Dice el Papa San Juan Pablo II en la exhortación apostólica post sinodal Pastores Dabo Vobis que “el seminario, que se representa como un tiempo y un espacio geográfico, es sobre todo una comunidad educativa en camino…” (PDV 60). Esta afirmación nunca había sido tan explícita como en el contexto en que nos encontramos durante este año. A lo largo del país, los seminaristas y formadores, tuvimos que constituir una comunidad sin prestar atención a las distancias geográficas y continuar nuestra educación construyendo el camino a medida que íbamos avanzando. Al fin de cuentas ese ha sido el reto en muchos ámbitos, incluido el eclesial.

Ahora bien, esto toma otro matiz tratándose del último año de la formación inicial. Durante el tiempo de formación la ilusión por llegar al ansiado último año crece con cada generación que se despide. Los últimos días de seminario son el marco de pequeñas despedidas de los distintos niveles formativos. Las últimas clases y exámenes forman parte de la celebración. La última eucaristía, la cena de despedida y hasta la última “mejenga” son elementos del final del proceso que se añoran y que todos los que pasamos por la casa de Paso Ancho esperamos vivir. A todo esto, nosotros, la generación del 2020, tuvimos que renunciar. Sin embargo, como hemos escuchado o dicho a lo largo del tiempo de pandemia, el virus vino a enseñarnos qué era lo verdaderamente importante y esencial de la vida y, en nuestro caso, lo realmente necesario de la formación sacerdotal. La mayoría de los seminaristas de último año tuvimos la oportunidad de pasar en la casa de nuestros papás o familiares prácticamente todo el primer semestre y otros viviendo una experiencia de seminario diocesano en alguna parroquia, experiencia a la que nos uniríamos todos en el segundo semestre. Este tiempo nos ayudó a poner en práctica toda la formación (humana, intelectual, pastoral y espiritual) que habíamos recibido por 7 años y autoevaluarnos en cada una de las dimensiones de una forma más realista y vivencial. Ha sido un tiempo de gracia de parte de Dios para convencernos aun más del llamado. Si no fuésemos capaces de responder generosamente solo porque se nos privó de los elementos superficiales antes citados sería un claro indicador de que estábamos equivocando el camino. Por el contrario, terminar de esta forma nos ayudó a clarificar y hacer crecer la llama de la vocación a la que Dios nos ha invitado y a la que, ayudados por su gracia, queremos responder.

La vida de fe nos hace ver las cosas de manera distinta. Para muchos, el seminario cerró sus puertas durante el 2020, pero no fue así. El seminario se extendió más allá de sus muros. El seminario dejó de ser un edificio para convertirse en una verdadera experiencia de vida. No estoy diciendo con esto que debería ser así siempre y que lo otro ya no sirve, más bien es darse cuenta de que la formación sacerdotal es más flexible de lo que se cree y que las circunstancias pueden ser una oportunidad para ver la mano de Dios posarse sobre su Iglesia y crear nuevas cosas para bien de sus hijos. Mi último año de seminario no fue fuera del seminario, todo lo contrario, se desarrolló en lo más profundo de su corazón, en el seno de la Iglesia, en la incertidumbre y angustia del pueblo y en la fe que ha acompañado cada uno de los momentos difíciles de este complicado e histórico año 2020.

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