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Marlon Jiménez Obando, III Formando Pastores al Estilo de Jesús, Diócesis de Tilarán-Liberia.

Dios nos amó primero. El misterio salvífico de Jesucristo nos revela el inagotable amor del Padre, porque «nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15,13). En el Misterio Pascual de Jesucristo contemplamos el designio redentor del Padre a través de su Hijo. En Jesús vemos la voluntad del Padre que supera nuestro querer y pensar. Él es quien sale a nuestro encuentro y se nos revela. 

Con su ascensión al cielo, pareciera que Jesús nos ha abandonado, que hemos sido excluidos de la misericordia de Dios; sin embargo, hay una promesa de Jesús de enviar al Espíritu Santo, manifestando su cercanía de una forma nueva. Por tanto, da un paso más en el actuar salvífico, movido por su amor, que da origen a todo cuanto existe.

Los filósofos antiguos se preguntaban sobre el arjé, el origen de donde procede todo: qué es el hombre, cuál es su origen, qué pasa después de la muerte. Son preguntas existenciales. La encarnación del Hijo de Dios, su mesianismo, responde a todas estas preguntas. La fe alcanza su plenitud en Cristo, quien nos ha revelado el amor del Padre. Por tanto, con su ascensión, Cristo nos manifiesta más su cercanía. Es un amor que no se escapa, ni se esconde, sino que supera nuestro pensar y existir.

La ascensión del Señor no supone un abandono total de Dios, sino que a través de su ascensión nos ha abierto el camino al cielo, nos ha enviado al Espíritu Santo que nos había prometido, garantía de la vida eterna. En Jesús tenemos la certeza de que recibiremos la misma suerte de resucitar, como Él nos lo ha prometido, si creemos en Él. Tendríamos que decir, sin lugar a duda, que «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).

Evidentemente, el tiempo de Pascua es un tiempo de gozo, de alegría, porque vemos que Dios no se ha olvidado de nosotros. Está cerca, porque se preocupa absolutamente de todos los detalles de sus hijos, de su pueblo, de la Iglesia, de cada uno de nosotros. La ascensión pone un alto a su estancia en la tierra. Glorificado en el cielo, Cristo permanece entre nosotros de forma nueva. Jesucristo, Dios y hombre verdadero, ahora mismo vive realmente cerca de nosotros. No cabe duda, está muy cerca de nosotros; tanto es así que, después de su resurrección y de su partida, el Señor ha querido mostrarnos signos de que no vamos a quedar huérfanos, solos, de que no nos abandona. Esa intención la tiene muy clara el Señor, de darnos la esperanza de que enviará al Espíritu Santo. Efectivamente, nos dará un Paráclito, un defensor, para que nos cuide y nos ayude.

Sin ninguna duda, Jesús resucitado está cercano y sus palabras lo han manifestado siempre. Eso es lo que debemos anunciar nosotros. Podemos acercarnos a Él siempre, porque su presencia es real en medio de nosotros.

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